- Buenos días, ¿el señor Fernando Onetti? dijo la voz metálica por el portero, mientras la imagen del visor mostraba a un cartero en blanco y negro no sabiendo muy bien para donde mirar.
- Si, si; soy yo. ¿Quién es?
- Del Correo Argentino señor. Tengo un paquete para usted que necesita su firma, dijo encontrando la cámara por fin.
- Ya salgo. ¿Quién lo envía?
- A ver, deme un minuto ... Mario Onetti dice acá.
- Ya voy, pero Mario Onetti no puede ser.
- ¿Cómo?
- ¡Qué Mario Onetti no puede ser! gritó enojado buscando sus llaves. - ¡No lo puedo creer! ¡Qué lindo sábado!
Ya habían pasado varios meses desde la muerte de su padre, pero la sola mención de su nombre no hacía mas que cargar las tintas de su habitual ansiedad. Vivía preso de un cocktail diario y explosivo de nervios, angustia y quizás ¿bronca?
- Si, si; soy yo. ¿Quién es?
- Del Correo Argentino señor. Tengo un paquete para usted que necesita su firma, dijo encontrando la cámara por fin.
- Ya salgo. ¿Quién lo envía?
- A ver, deme un minuto ... Mario Onetti dice acá.
- Ya voy, pero Mario Onetti no puede ser.
- ¿Cómo?
- ¡Qué Mario Onetti no puede ser! gritó enojado buscando sus llaves. - ¡No lo puedo creer! ¡Qué lindo sábado!
Ya habían pasado varios meses desde la muerte de su padre, pero la sola mención de su nombre no hacía mas que cargar las tintas de su habitual ansiedad. Vivía preso de un cocktail diario y explosivo de nervios, angustia y quizás ¿bronca?