La última vez que lo vi al gitanito José Luis fue en el cumpleaños de Betina Baygorria, en enero del 82. Recién había terminado el secundario y hacía changas de verano trabajando de mago en fiestas infantiles. Yo tenía diez y Betina cumplía once años ese día.
viernes, 6 de junio de 2025
El gitanito
viernes, 16 de mayo de 2025
Los impacientes
El sábado pasado, antes de desayunar, pasé por lo del relojero a cambiar la pila de un Casio y me encontré con el local cerrado, casi vacío. La luz de tubo seguía encendida, pero ya no estaban las herramientas, ni la lupa gigante con la que Elías arreglaba los relojes. Se habían llevado también su silla, el cartel de representante de Rolex, los relojes digitales y las calculadoras para vender. Quedaba el mostrador de fórmica percudido, desolado.
Nunca había visto las paredes color vainilla tan desnudas. Solo un póster de Citizen descolorido por el sol y un diploma de un torneo de dominó. Alineadas en lo alto de la pared del fondo, cinco manchas redondas idénticas, grandes como discos de vinilo. Eran las huellas indelebles de cinco relojes, de la hora de cinco ciudades.
"Gracias por estos 30 años", decía el cartel escrito en inglés, pegado en la puerta de vidrio.
martes, 24 de diciembre de 2024
El buzón
Hace unos días, un amigo me presentó a Papá Noel en el Mall de las Américas. Lo encontramos almorzando y medio de casualidad. En realidad, él nos vio primero; estaba escondido atrás de unos maceteros, en el fondo de la plaza de comidas, con anteojos de sol y una gorra del Inter Miami.
Levantó el brazo bien alto al vernos; hacía señas para mostrarnos que tenía lugar para nosotros en su mesa. No era fácil reconocerlo sentado y desde lejos, a pesar de la barba blanca y la nariz como la de Elton John. Se había sacado el saco y apenas se le veían las botas por encima del pantalón rojo de terciopelo.
domingo, 24 de diciembre de 2023
Cora
Es lunes y Cora se baja del colectivo que la trajo desde Rafael Castillo. El sol recién sale y no hay ni una nube; todavía está fresco para diciembre.
El tráfico pasa lento y los camiones levantan la tierra que quedó en la avenida después de la tormenta. Algunos de los que caminan por la vereda rota entrecierran los ojos, otros se sacuden la ropa. El gobierno acaba de cambiar, pero todo sigue más o menos en el mismo lugar. Las caras felices de los candidatos, en los afiches de campaña, contrastan con las de la gente; por la calle nadie sonríe, ninguno usa corbata. En los cercos de los baldíos, en los muros de la estación, las promesas recién pintadas se mezclan con otras viejas e incumplidas. Faltan dieciocho horas para la nochebuena.
jueves, 9 de marzo de 2023
La amistad al palo
Estamos en un restaurant y somos seis, tres parejas que salieron a cenar. Es bueno cuando los varones son amigos entre sí, mucho mejor cuando las mujeres se quieren. Nos sentaron en una terraza que da al río, en las afueras de la ciudad. Los mozos van y vienen entre las mesas, la luna nueva es enorme. Se siente íntimo, a pesar de la gente, a pesar de la música.
Otra botella de vino y ya son tres; se suman a las copas que tomamos en el bar. A algunos el alcohol los pone contentos, a otros los tranquiliza, a mí suele sincerarme. Estoy sentado en la cabecera de la mesa, mis amigos uno de cada lado; las chicas repiten el triángulo en la otra punta. Ya pasó un brindis por el viaje, otro por la amistad; este que viene ahora es por la vida. Levanto mi copa y digo que pensaba que no se podía torcer el destino. Los demás sonríen, no me entienden. Romi me mira confundida; no le gusta que hable para llamar la atención.
sábado, 24 de diciembre de 2022
El enano
Una pelota Tango como la del mundial ‘78 era todo lo quería Ricardito para su cumpleaños. Se tuvo que conformar con un póster de la selección y una Pulpo comprada en el kiosco de la esquina. El problema de ser chico y cumplir los años una semana antes de la Navidad; siempre te tocan dos regalos de morondanga.
Igual andaba contento. La pelota no era del tamaño reglamentario, pero tampoco del todo chica para poder jugar en la calle. Como era de goma no había que inflarla y las rayas finitas disimulaban la mugre. Eso si, rebotaba como loca en el asfalto y era difícil de controlar sobre todo cuando venía rápido o mojada. Era lindo pegarle fuerte y verla abollarse contra la pared. O mirarla cuando corría bien pegada al piso, ligera y diligente, casi como si tuviese vida propia.
viernes, 26 de agosto de 2022
Bondi Crush
Agustina espera el colectivo temprano como cada martes. Textea con los auriculares puestos, una medialuna a medio comer y la mochila colgada de un hombro. Se hamaca sin querer, al ritmo de la música que escucha en el celular, apoyada de cara al sol en una de las columnas de la parada. Usa el pelo suelto, una remera de los Rolling Stones y las zapatillas desatadas. Acaba de cumplir 24, pero todavía tiene cara de nena.
Desde que se separó hace dos años, volvió a vivir con sus padres en un departamento con vista al rio, en su cuarto de la escuela secundaria, con un auto nuevo guardado en el garage del primer piso.
Mientras se termina la medialuna, el 102 azul y rojo de Gustavo acelera por Las Heras. Agustina no lo sabe, pero el colectivero no puede dejar de pensar en ella desde ese primer martes que la vio. Aunque sea bastante más chica, aunque se haga la que no tiene plata, aunque no le pertenezca ni un poco.
sábado, 2 de julio de 2022
El Topo
En el barrio casi nadie sabe que Gabriel Restelli era ladrón de bancos. Ladrón profesional, de esos que entran por un túnel cavado durante meses.
Vive con una mujer a la que adora en una casa recién pintada, con algo de verde y flores adelante y un jardín grande en la parte de atrás. Están casados y tienen un hijo al que llevan todo el tiempo en brazos. Es raro verlos por la calle; su mujer juega con su hijo en el fondo y Gabriel se pasa el día entero sentado en un escritorio que mira al frente, haciendo rayas en un cuaderno y cuentas en una calculadora. Antes de mudarse, cercó el terreno con una reja alta, puso alarma y cámaras de seguridad.
Para la banda Gabriel era el Topo. El apodo nada tenía que ver con los túneles que diseñaba, era un mote que traía de chico. Se lo puso su hermano Sergio por bajo y morrudo, y por ese achinar los ojos que hacía para ver mejor de lejos.
Se parece más a un topo con el pelo rapado. Los dos hermanos iguales. Su mamá les cortaba el pelo con una máquina para ahorrarse la peluquería, los piojos y los problemas con los milicos; no secuestraban a los pibes, pero Sergio parecía más grande.
viernes, 29 de abril de 2022
Tres veces soledad
Me llamo Luis Alberto Freire, pero soy el padre Luis. Desde mi consagración estoy a cargo del Sagrado Corazón de Jesús, una parroquia despintada que queda en Vedia, Provincia de Buenos Aires. El nuestro es un pueblo chico y olvidado donde todo el mundo se conoce, una parada más de la ruta 7. Alguna vez alguien nos dijo que éramos el futuro de la nación; ahora se piensan que no nos damos cuenta que quieren esconder cuarenta años de crisis con una bandera nueva flameando en la plaza y los troncos de los arboles pintados de blanco.
Hace rato que dejé de ser un sacerdote tradicional. Me saqué la sotana y ando vestido con jeans y zapatillas. Los domingos, en lugar de dar sermones vacíos, le dedico mis palabras a la gente que está sola, olvidada como Vedia. Hay muchos que vienen a escucharme, me siguen confiando a sus hijos, a pesar de las barbaridades que ha cometido la iglesia. Pero cada día que pasa es un poco más difícil, sobre todo con los jóvenes. Hay algunos con los que ya perdí la esperanza. Pasan por la plaza, cerca del amanecer, a todo lo que da en esos ciclomotores chinos. Insultan y tiran latas contra las paredes. No los culpo, miran el cielo borrachos desde la moto, pero no distinguen si es de día o de noche.
sábado, 2 de abril de 2022
Cisne negro
Me da vergüenza decirlo, pero este último tiempo ando imaginando cosas. Puede que sea la edad, los nervios del trabajo, no sé. La cuestión es que me hago la película constantemente, me enrosco con cualquier cosa, veo amenazas, peligro en cada esquina. Andate un tiempo, me dijo la psicóloga. Desconectate, salí. Por eso vinimos a Cancún. Para descansar y cargar las pilas, para ver si se me van estas pavadas de la cabeza. Las vacaciones son seguras. ¿Qué te puede pasar cuando estás de vacaciones?
miércoles, 22 de diciembre de 2021
Azúcar
Este relato de Navidad fue publicado en la web de Suburbano el 20.12.2021 - link de la publicación original https://suburbano.net/azucar/
Faltan solo dos días para Nochebuena y hace algo de frío en Miami. La tarde del viernes se cierra rápida y miles de luces chiquitas ya se encienden en los árboles, en cada balcón y en los techos de las casas, anticipando la celebración.
Dani García acaba de bajar del bus de la escuela que lo trae a su casa desde el sur de la ciudad. Camina desganado, con sus zapatillas caras, desatadas a propósito, y una mochila repleta de libros a cuestas. Va con un buzo azul que le queda enorme, de esos como de canguro, las manos guardadas en el único bolsillo central. Su cabeza cubierta por la capucha se mueve despacio, al ritmo que le proponen unos auriculares inalámbricos. Tiene poco más de 14 años y anda enojado por momentos, contento de vez en cuando y frustrado con la vida; su mamá dice que es por la edad, pero él no está del todo convencido. Se puso alto de golpe, le crecieron las manos, le cambió la voz y los pantalones del uniforme le quedan cortos desde hace rato. Usa el pelo largo, despeinado con intención y está seguro de que le gustan las chicas. Quisiera tener novia, pero le cuesta animarse.
Como cada tarde, camina dos cuadras de más solo para pasar por el 7-Eleven y comprarse algo; una dona con azúcar y un Slurpee hacen que la vuelta a casa se vuelva más llevadera.
“Happy Holidays!”, le dice la cajera cuando se acerca para pagar. Dani se baja la capucha, sonríe sin ganas y silencia sus auriculares por educación. No la conoce, debe ser nueva, piensa. Una señora mayor, bajita, con anteojos de mucho aumento que le agrandan los ojos azules. Está sentada en una banqueta alta, usa un collar de cuentas rojas y verdes, y una vincha con los cuernos de un reno hechos de pañolenci. No para de sonreír mientras escanea la compra y tararea la canción de Navidad que suena en los parlantes. Tres con cincuenta marca el display y ella lo señala con el dedo. Dani paga con un billete de cinco dólares y espera el vuelto. “¿Quieres donar el cambio para un niño que no tenga un regalo de Navidad?”. Dani se queda pensando por un momento, después revolea los ojos y asiente con la cabeza mirando para otro lado. Levanta el vaso con una mano y se pone la dona en la boca para guardarse la billetera con la otra. “¡Ay mi cielo, muchas gracias! ¡Qué nice!”. Dani mastica un “you’re welcome” sin mucha convicción y se acomoda la mochila saltando en el lugar. “¡Ojalá todos los niños fueran como tú! Toma, mira: un cupón de regalo para estas Christmas. Con eso te dan tres donas y una bebida. Una soda, un café, lo que tú quieras. O un sandwich de desayuno; pero a ti te gustan las donas, ¿verdad?”
Dani agarra el cartón, vuelve a dejar el vaso en el mostrador y se suelta la mochila de un lado para correr el cierre. Lo mete entre dos libros. “Solo lo puedes usar en la mañana del día de Navidad. Ahí lo dice, hasta la 1pm. Oye, mi vida”, sigue la señora mientras le entrega el recibo, “ya que estás aquí y eres así de bueno, ¿no me ayudas con unas cajas del depósito? Son muy pesadas para mí”. Dani se acomoda el pelo, no sabe cómo decir que no. Le da un mordisco a la dona y avanza como un autómata, a la par de la cajera, que ya camina hacia el fondo del local del otro lado del mostrador.
Se encuentran cuando termina la división y la señora es todavía más baja de lo que parecía. Dani la mira desde arriba, se tienta cuando los cuernos de reno le tocan la cara.
“A ver, mi vida, es por aquí”. La señora sigue un poco más y dobla a la derecha, entre unos tubos de gas para inflar globos, hasta dar con una puerta doble. La música cambia y ella mueve la cabeza con cada Merry Christmas que le canta Dean Martin. Después acerca su cara al tablero digital y achina sus ojos. Dani se para a su lado y espera, le da otro mordisco a la dona, chupa el Slurpee, mira hacia arriba y resopla; quiere llegar a casa para jugar a la play y el tiempo no hace más que escurrirse. La señora marca cuatro, seis, ocho números, con infinita paciencia; la puerta zumba y la traba se libera por fin.
“Son esas cuatro que están en el piso”, dice y se acomoda los anteojos. Se queda sosteniendo la puerta con su cuerpo, con sus manos en la cintura, los brazos en jarra. Dani apoya el vaso en un estante cualquiera y termina la dona de un solo bocado. Sacude sus manos entre sí y se agacha en busca de la primera caja.
“¿Tienes novia?”, dispara la señora que no para de sonreír. Dani solo sacude su cabeza y avanza con la caja en brazos. “Déjala al lado de los tubos para hinchar globos. Pero ¿cómo puede ser?, ¡un chico tan handsome como tú!”, le grita para que la escuche. “¿Y la muchachita esa que a veces viene contigo?”. “Es una amiga”, dice Dani seco. Las pocas ganas de hablar que tenía, acaban de extinguirse, y la frustración esa que le viene de a ratos, lo invade de repente. Ya tiene la segunda caja en la mano y pasa rápido por al lado de la señora. “No me refiero a la de rulos que viene en el bus contigo. Yo digo una rubia alta, muy bonita. Te he visto con ella hablando en el Starbucks.” Dani se la queda mirando, sacude la cabeza y cierra los ojos. “Mira, voy a buscarte otra dona de esas que te gustan a ti, a ver si te animas y me cuentas”. La señora sale disparada y vuelve con una espolvoreada de azúcar, envuelta en una servilleta. “Toma, mi cielo. Deja las cajas un momento y dime, ¿qué fue lo que pasó?”.
Dani la da un mordisco, toma un poco más del líquido celeste y se apoya contra una pared. “No pasó nada. El único problema es que a ella también le gustan las chicas.” Levantó las cejas otra vez, resopló, se acomodó el flequillo y se rio sin ganas.
“Ay, mi cielo. Y tú te habías enamo…”. La señora se tapó la boca con las manos y no dijo más. La cara de Dani se puso roja de repente, se quedó mirando el piso, pateando una caja, mirando cómo se movían los cordones desatados. “No te preocupes, corazón. Con tanta muchacha bonita que anda por ahí. Ya verás que alguna aparece”.
El pibe se la quedó mirando no muy convencido, comió lo que le quedaba de la dona, se chupó los dedos y fue en busca de una caja más. “Ay mi niño, disculpa que sea tan metida ¿y la morena esa que te espera aquí, sentada en el banco de cemento?”.
Dani ya tenía la tercera caja cargada y el flequillo le tapó los ojos cuando se detuvo a escuchar. Se lo sopló hacia arriba y sacudió la cabeza para atrás para que el pelo no le molestara. “Yo no conozco a ninguna morocha”, dijo seguro. “No me pares bola, quizás soy yo la que está confundida. Estoy medio vieja, sabes; no me hagas caso. Mira, con la conversación se nos fue pasando el tiempo y ya solo te queda la última. De verdad mi niño, muchas gracias. ¿Te guardaste el cupón que te di? Ven por tus donas antes de la 1. Toma, no te olvides el vaso. Bye corazón, gracias de nuevo ¡Merry Christmas, mi cielo!”.
***
Dani se despertó pasadas las 12 el día de Navidad. Había dejado la cortina abierta y el sol le pegaba en la cara. Toda su familia se había acostado después de las tres de la mañana. Sus hermanas dormían todavía, sus padres seguían en su cuarto hablando bajito para no despertar a nadie. “Merry Christmas”, escuchó que le decía su mamá al pasar por su puerta. Dani solo levantó la mano como respuesta y fue hasta la cocina. Se sirvió un vaso de leche fría y se lo tomó en dos tragos. Miró uno, dos videos en el teléfono, hasta que la batería se le acabó de golpe. Entonces lo revoleó arriba de la mesa y, una vez más, se sacó el pelo de la cara. Buscó cereales, pero no encontró. Manoteó un pan de la noche anterior y un poco de queso que había quedado con otras sobras. Se quedó masticando, apoyado contra la mesada de la cocina. Miró, sin querer, el reloj del microondas: 12.45pm. ¡Las donas! Un jogger, la remera del día anterior, las zapatillas de los cordones desatados. No se lavó los dientes, no se peinó, ni siquiera se puso desodorante. Buscó el cartón en la mochila y, sin mirarlo, lo dobló en dos partes y se lo metió en el bolsillo del pantalón. Salió disparado con la bici, mirando la hora una vez más, contento, pedaleando como un loco.
Al llegar encontró el local cerrado. Un solo auto en el parking frente al 7 Eleven. “It’s Christmas”, dijo y golpeó el manubrio. “Fuck that old bitch”.
“Are you Dani?”, le dijo una chica que estaba sentada en el banco de cemento. Un hoodie de otro color, los jeans ajustados y unas Converse azules, gastadas y también desatadas. “Abuela me pidió que te trajera these doughnuts”. Sacó una caja blanca de cartón de la mochila y la dejó sobre el banco. “I thought you wouldn’t make it”.
Dani dejó la bici en el piso y se acomodó el pelo por enésima vez. Sacó el cupón del bolsillo y esta vez sí lo leyó con cuidado. Las letras doradas seguían todas ahí. Era una promoción de Navidad de una casa de muebles: -50% OFF – NO PAYMENTS FOR A YEAR- . “The GOAT”, dijo para sí mismo y sonrió fácil por primera vez en muchos días. Se sentó junto a la chica. “Merry Christmas”, le dijo ella y abrió la caja. Dani se sopló el pelo para arriba, se puso colorado como siempre y, sin sacarle los ojos de encima a la morocha, agarró una dona llena de azúcar.
martes, 7 de diciembre de 2021
38 horas
Esta es la versión original del cuento que publicara, en inglés, University Press en la antología "Home in Florida - Latinx Writers and the Literature of Uprootedness", editada por la gran Anjanette Delgado.
Todavía me cuesta creer que un cuento mio se acomode ahí, pegado y abrazado con los de todos estos fenómenos. La descripción completa del libro, sus autores y lo que significa la literatura del desarraigo, en este link:
https://upf.com/book.asp?id=9781683402503
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El stretcher rueda por los pasillos del hospital camino al quirófano. Sus ruedas grandes se deslizan silenciosas sobre el piso de hule que brilla de tan limpio, de tanta luz LED.
Voy lleno de cables, reclinado hacia adelante, casi sentado como en esas propagandas de colchones inteligentes que salen en la tele cada dos por tres. Tiro un poco de la sábana para taparme las piernas y después me acomodo la bata del hospital con las dos manos, casi como si fuese un blazer, en un esfuerzo estéril por intentar lucir lo menos enfermo posible.
Las sonrisas de compromiso y los pulgares arriba se repiten calcadas en cada corredor, mientras mi camilla corre ágil a su destino por las entrañas del edificio. Mi mujer camina a mi lado y sonríe de vez en cuando. Tiene las manos heladas.
Hace 36 horas me dijeron, en inglés, que tenían que operarme de un tumor y, aunque parezca mentira, estoy tranquilo.
Es una calma curiosa la mía. Es esa calma del equilibrio justo entre el caos y la quietud, o como la de esos días de pleno sol, sin viento, horas antes de un huracán. Si fuese un poco mas snob, diría que es la paz de estar presente. Yo estoy bien, con lo justo.
¿Uno deja de ser extranjero cuando logra sentirse seguro en un hospital? ¿Aunque no recuerde el nombre del doctor que lo va a operar? Todavía guardo imágenes difusas de los hospitales de Buenos Aires. Llevo impregnado ese olor a enfermedad de los pasillos, mis fantasmas de niño, la antesala de otras operaciones, esas sábanas que no eran las mías y el “quedate tranquilo” de mi mamá.
No le conté nada a mi vieja ¿Para qué? ¿Para que se angustie a cuatro mil millas?
—¿Te llamó alguien? —le pregunto a mi mujer porque ya no tolero el silencio. Me quedo sin respuesta. Ella va sumida en lo suyo.
El stretcher rueda y rueda por corredores idénticos, calcados, interminables. Gente sana, gente enferma, sillas de ruedas, muletas, familias de visita y un doctor con una lata helada de Diet Coke. Laboratorio, Rayos X, Traumatología, Diagnóstico, Oncología, Oncología, Oncología, Oncología.
Muestras de arte infantil inundan las paredes. Pienso en mis hijos, en las cosas que aún les quedan por vivir ¿Podrán sin mí?
Las puertas se abren automáticas al ritmo del swipe de la credencial de mi conductor.
—No le voy a desear buena suerte porque no la necesita — me dice en su inglés bien de Miami mientras esperamos el ascensor. Se acomoda la cofia descartable que contiene su pelo y vuelve a verificar la información en mi pulsera. —Suerte necesitan los que no tienen la seguridad de estar con los mejores — sigue con el discurso estudiado, pero yo ya no quiero escuchar más.
Suelo ser proclive al small talk. Charlo con Uber drivers, en salas de espera y hasta con desconocidos en la cola del supermercado, pero hoy solo siento mis dedos cruzarse instintivamente para evitar las malas vibras. Me acecha mi fetiche latino, el ritual de la vela encendida, la virgen y las tres persignaciones. Busco la cruz en mi pecho desnudo, pero todos mis amuletos quedaron en el cuarto, con mi ropa, con la alianza. Voy solo y sin protección, con mis cábalas instauradas en mi ADN, como en los aviones con turbulencia, como en el examen de ciudadanía, como esa vez que un cuñado de turno me regaló un ramo de flores minutos antes de que naciera mi hija.
Por fin llega el ascensor y el camillero maniobra el stretcher marcha atrás pegando fuerte contra una de las paredes de metal. "Menos mal que este no me opera" pienso y me río solo como un tarado.
—¿Sabe por qué entramos hacía atrás?¿Por qué me paro junto a usted? — dice y se acomoda a mi lado. —Si hubiese una emergencia, o fuego aquí dentro, yo tengo que empujar para salir. Si alguien queda entre la camilla y la puerta puede morir aplastado. Aquí todo está pensado por seguridad.
—¿Sos de acá? —pregunto porque ya no soporto una nueva posibilidad de muerte. Mi mujer revolea sus ojos y tuerce la boca como cada vez que hablo por hablar. —Born and raised, pero mis padres son cubanos —. Cuando le confirmo que soy argentino dice algo más del asado, que estuvo en Buenos Aires una vez cuando era chico, pero las puertas se abren otra vez y vuelvo a convertirme en un paciente.
Más pasillos, el mismo piso de hule, ya no sé muy bien dónde estamos. - SURGERY - AUTHORIZED ACCESS ONLY, dice el cartel.
— Nombre y fecha de nacimiento— dispara una chica mientras estaciono una vez más en un cuarto sin puertas ni ventanas y el elenco médico se renueva como si hubiese un cambio de turno. El último en entrar cierra la cortina. Es un petiso musculoso, con un sombrero de Peanuts y un iPad lleno de stickers —¿English? ¿Español? Soy el anestesista — dice con una sonrisa de customer service. —¿Cómo se siente?
El tipo arranca en español, pero cambia de idioma sin darse cuenta entre “so” y “so”. Yo solo firmo papeles que no leo. Son muchas instrucciones, demasiadas preguntas para mi inglés que todo lo entiende, pero que no tiene alma y nada sabe de sentir.
—We are ready— dice una enfermera por fin y todos se alejan un poco. Los pulgares arriba, las sonrisas, todo se repite. A mi mujer le dan un buzzer como el de los restaurantes y le hablan al oído. Ella pregunta. —No más de dos horas —le dicen. El stretcher rueda una vez más. Yo digo chau y no la miro. Si la miro, llora.
El quirófano parece un estudio de televisión de tanta pantalla, o quizás es igual a todos los quirófanos de este país. Se escuchan voces en español y suena de fondo un reggaeton lento, estoy seguro porque sonrío casi sin querer y todavía no me drogaron. Busco al doctor que acabo de conocer, pero no lo reconozco entre tanta cara cubierta y tanto gown monocromático.
—Tranquilo bud, we’ll take care of you. A bit of a warm feeling, no te preocupes que es normal. Now relax, deep breath, will see you in no time.
Por tierra los fetiches, enterradas las cábalas. Quiero hablar pero no puedo, ni siquiera en español. No rezo, no quiero, no creo. Ya no pienso ¿Para qué? Se van las pantallas, el ruido, la gente y las luces se bajan lentas, sin apuro. Entonces no queda mas que cerrar los ojos y esperar. Cómodo, tibio. No sé si será muerte o vida, no debería darme igual. No logro darme cuenta cuál de las dos es la más difícil.
martes, 12 de octubre de 2021
Charito
🅴 Contenido explícito
Al poco tiempo de cumplir catorce, fuimos con unos amigos a debutar a un sauna que quedaba en la calle Campichuelo. Nos convenció Dieguito Baygorria durante el verano; tenía el dato porque ya había ido con un primo más grande. Nos dimos la mano, nos juramos discreción y fijamos la fecha para el último lunes antes de empezar las clases. Como no teníamos un mango y no queríamos pedir para no levantar la perdiz, se nos ocurrió lavar coches ofreciendo el servicio por el barrio. Lavamos un montón durante dos semanas, hasta juntar lo necesario.
lunes, 20 de septiembre de 2021
El sibarita
"Milanesas de soja comimos ayer", me decía Fede Gastesi en el patio del colegio, mientras esperábamos que izaran la bandera. Desde la muerte de su papá se quejaba casi todas las mañanas. No era solo por tristeza, de alguna manera se había acostumbrado a que ya no esté; pero con su viejo también se habían ido los viernes de restaurantes, los ravioles, y hasta el asado del fin de semana.
La mamá de Fede solo pudo llorarlo un día. Después, con la tristeza a cuestas se metió en el consultorio a atender pacientes. Era médica, y abrumada por la responsabilidad y con el miedo impregnado en el cuerpo, decidió que los Gastesi fueran vegetarianos. De un día para el otro vendió la parrilla y nunca más compró un bife, ni pollo, ni siquiera pescado.
viernes, 16 de abril de 2021
La llave de la felicidad
Apenas terminó el funeral, se le acercó un tipo de traje. “Su padre quería que te entregara esto”. Se fue sin dar tiempo a mucha pregunta y se perdió por los corredores del cementerio. Marcelo abrió el sobre con dedos temblorosos. Encontró una llave rara, digital, sin dientes ni marcas, y un papel con un nombre y una dirección.
Ni Marcelo, ni su padre solían ir mucho al centro. Se habían acostumbrado a vivir en el barrio, con poco, con lo que ganaban en la ferretería. Se sentó en la camioneta que hasta unos días habían compartido. Acarició el asiento del acompañante y después se aferró al volante. Miró la cintita con la bandera española colgada del espejo retrovisor y rompió en un llanto silencioso.
viernes, 9 de abril de 2021
Condena Suburbana
El ramal de tren Sarmiento une el oeste de la provincia de Buenos Aires, con el centro de la ciudad. Es una arteria troncal, un recorrido largo e importante que conecta a la Capital Federal con uno de los partidos más poblados de la provincia. En una época, este mismo tren supo ser el orgullo de todo un país. Era cómodo, moderno y sus estaciones recién terminadas se parecían un poco a las de Inglaterra. Pero pasaron tantas cosas, tantos años y tantos gobiernos, que la gente ya ni se acuerda. Entre todos, y de a poco, lo fueron rompiendo. Se puso feo y peligroso. Los vagones van cargados hasta arriba, las puertas ya ni cierran, la gente viaja apretada, colgada de los estribos, a veces hasta de las ventanas. Los asientos están tajados, las paredes meadas, pintadas con aerosol. Los chicos de la villa suben y bajan cuando quieren, saltan los molinetes, se meten para robar. Buscan lo que sea: billeteras, teléfonos, cualquier cosa les viene bien, hasta un sándwich. Los ladrones más grandes van armados, caminando los vagones y los andenes en grupos. Andan escondidos por los túneles, pasados de todo. Amenazando a los guardas y apretando gente en los baños. No le tienen miedo a nadie, ni siquiera a la policía. Pegan, por dos billetes de 100. Lastiman y hasta matan si la droga es mucha, o el botín es poco.
viernes, 12 de febrero de 2021
Oscar y Delfina
“Lo felicito, es un varón”, le dijo la enfermera apenas se lo encontró caminando por el pasillo “¿Qué nombre le va a poner?”. “En realidad no sé”, contestó con lagrimas en los ojos, “le tendría que preguntar a mi mujer.”
Fueron caminando juntos hasta el cuarto, y se quedaron parados en la puerta sin decir nada. Al ratito llegó Delfina reclinada hacia adelante en una camilla, cansada pero contenta, con su hijo recién nacido en brazos. Se saludaron con un beso y los dos lloraron juntos. "¿Qué nombre le ponemos?,” le dijo él con la voz quebrada. Delfina se quedó pensando por un momento y sonrió. “Oscar”, dijo por fin. “Le vamos a poner Oscar” “¡Qué lindo!” dijo la enfermera que había entrado al cuarto con ellos para ayudar “¡Igual que Usted! ¡Me encanta que los hijos se llamen como los padres! El día que yo tenga un hijo…” “Yo no me llamo Oscar” “¿Cómo que no?, si lo acabo de llamar por ese nombre hace un ratito; si su mujer le dijo así cuando entraba a la sala de parto.” “Eso es por otra cosa. Yo me llamo Francisco.” Se sentó en un sillón que estaba bien pegado a la cama y soltó todo el aire de golpe. “Es una historia linda", dijo y miró para arriba. “Si tiene tiempo, quédese que le cuento.” La enfermera dudó por un momento. “Dele, si ya son las dos de la mañana ¿Anda con tanto trabajo a esta hora?” La enfermera se acomodó el sombrerito blanco, se estiró el delantal y acercó una silla. Se sentó derecha, con las rodillas bien juntas. “La verdad que no”, dijo entusiasmada.
viernes, 5 de febrero de 2021
Clase a medias
Una tarde de las primeras del invierno, mi viejo se apareció con un auto japonés de dos puertas con levanta vidrios eléctricos. Yo tendría nueve, diez años y mi hermana un poco más de seis. Hasta entonces habíamos sido una familia de clase media. Vivíamos en una casa chica, en un barrio común de la Capital Federal. Ese año también compramos un terreno para construir algo más grande y a mi mamá se le metió en la cabeza coleccionar revistas de decoración y unos fascículos para una enciclopedia de protocolo y buenos modales.
Empezamos a recorrer los barrios lindos de Buenos Aires. "Para mirar, para buscar ideas", decía mi mamá ilusionada. Íbamos los cuatro en el auto nuevo recién lavado, bien vestidos para la ocasión. Después de una vuelta aburrida de como tres horas, terminábamos tomando algo en una confitería de esas paquetas del centro. Mi mamá se esforzaba por aplicar las lecciones aprendidas de la enciclopedia y nos retaba si hacíamos ruido al tomar la leche, o no nos poníamos la servilleta doblada sobre la falda. “Miren, presten atención. No es lo mismo una taza de té, que una para café con leche”, decía mostrando la suya en el aire. “No comas la torta con la cuchara, para eso te dejaron el tenedor mediano.” Mi viejo revoleaba los ojos y los dos nos reíamos sin que nos viera, pero mi hermana estaba encantada. “Ponete derecho nene, así no”, se enojaba. “No agarres el vaso con las dos manos”.
lunes, 28 de diciembre de 2020
¡Qué Dios te ampare, Martín!
Este es otro capítulo de "El Pupilo".
Martín Molina está a punto de casarse. Mientras espera por la que será su mujer, en esos 45 minutos, repasa el último año y todas las cosas que le pasaron en su intrincado camino al altar. Habla de sus miedos a lo nuevo, de lo tanto que la extraña a Mora, de lo grande que es Julio Iglesias, y de la complicada relación con su suegro Tito Lopez Audet.
En el capítulo anterior, Martín se sincero con el negro. Tomó coraje y se sacudió la culpa de las mentiras que lo atormentaban, refugiado en la oscuridad de su bicicletería. Habló de las cosas que le pasaban con Fabiana, de lo que no pasaba con Esperanza, de todo lo nuevo que ahora pasa por su cabeza. Su amistad con el Negro está a salvo, pero el plan que los une se volvió a poner a riesgo. Existe la posibilidad de que Fabiana haya escuchado toda la conversación, solo por culpa de un teléfono inalámbrico que nunca se decide a funcionar.
Si preferís leer la historia desde el principio, recién lo conocés a Martín, te salteaste algún capítulo, o no te acordás de absolutamente nada, porque hace mucho que salió el capitulo anterior, podés empezar desde el principio de la historia en este link: https://www.javierlentino.com/p/el-pupilo.html
Y si te quedan ganas o te entusiasmaste, te dejo la banda de sonido de la novela en este otro enlace: https://www.youtube.com/playlist?list=PLG3GJZT8W54jmA-ZiSozBig94a8JVGO5R
Ahora si, lo que sigue:
viernes, 20 de noviembre de 2020
Patito feo
A los 13 años Patricia Mora no era ni muy linda, ni muy alta. Todavía no había terminado de crecer, o al menos eso era lo que decía el pediatra cada vez que sus padres lo consultaban. Los argumentos profesionales parecían sólidos. Patricia aún no se había indispuesto y tampoco tenía que depilarse o usar desodorante. La preocupación principal, lo que motivaba tanta pregunta, tanta consulta reiterada, era el tamaño de sus tetas.